Feeds:
Entradas
Comentarios

Contigo.

Duermes, callas, respiras, sueñas, duermes, callas, respiras, sueñas. Despiertas, vistes, bostezas, esperas, comes, ríes, paseas, cantas, lees, cantas, amas, sangras, dueles, temes, tomas, fumas. Llegas, desvistes, cenas, callas, duermes, despiertas, vives.

Vives. Y yo quiero vivir.

Hoy he sentido la necesidad de volver a la carga. De escribir, de perderme entre los versos, de vomitar palabras hasta sentir vacío estómago y corazón.  Hay tantos cambios en mi vida desde mi último post. Un viaje a Madrid de fin de semana para recordar, muchas canciones escritas, un concierto en una casa okupa recientemente desokupada por la policía…

No sé, la vida gira y no te pertenece en ningún instante, somos títeres de nuestros actos y de los de nuestro alrededor.

Vengo de tomar unas cervezas y algún whisky con compañeros de la facultad. Mi último post es de cuando aún comenzaba la universidad, ese mundo que desconocía y que ahora más o menos voy dominando. Parece que fue hace mucho tiempo cuando aún comentaba por aquí mis textos y los de otros con muchos internautas que aparecieron de la nada y se hicieron con su pequeño rincón.

Por lo de pronto, decir que todo lo que he escrito últimamente tiene forma de canción. Si queréis chequearlo, podéis escucharme en http://www.myspace.com/pedroalvarezbcn . Sería un honor para mi voz sonar en vuestros oídos y ocupar vuestra mente por unos minutos.

Un fuerte abrazo a todos, espero volver pronto.

Nunca llegaré a conocerte lo suficiente, aunque hayamos contactado en lo más hondo de nuestra alma a través del reflejo de los cristales del ferrocarril, aunque sepa que sientes y padeces tanto como yo. Nunca llegaremos a conocernos lo suficiente, pues temo haber perdido para siempre el sonido de tus tacones mientras andas, Plaza Catalunya arriba, conmigo delante pensando en ti sin que lo sepas. Yo, mi, me, sin ti. Cumpliendo la condena de tu ausencia, sabiendo que pudo ser bueno y llegó a ser lo peor. Me contaste la historia de tu vida con una sola mirada, fuiste mía durante una décima de segundo, como esa sensación que te posee cuando terminas un libro que ha conquistado tu alma. Y aunque disfruté tus ojos y tu leve respirar, por un solo segundo, sé que nunca llegaré a conocerte lo suficiente.

Me gustaría ser un personaje de Paul Auster para tener cojones a decírtelo todo. Tenerte a unos pasos, o a un gesto tan siquiera, y callrme como siempre hago no debe ser bueno. Tener mis pulmones junto a los tuyos, porque Fréderic Beigbeder los considera más que al corazón, y no ser capaz de respirar tu mismo aire.

Que me digas que me quieres, pero no como yo quiero. Que me digas que me quieres, pero no lo sientes.

Fuera de todo orden: Este blog anda un poco decaído, lo sé. Ando intentando encontrar algo que me motive para escribir, iniciándome en la vida universitaria, viviendo conciertos como público, y además, ahora también como músico. O eso intento. Os dejo un vídeo de una actuación que tuve hace unos días :)

Libros.

-Si te digo la verdad, no sé ni para qué he ido. Me he cabreado, y me volvería a cabrear si ahora volviese hasta allí.
-Pero si son libros, ¿qué es lo que te cabrea?
-Ver como un padre le dice a su hija que deje de mirar esos “malditos libros”, que ya están a la puerta de casa. ¿Pero qué se cree? ¿Cómo puede privar a una niña de sus sueños? Déjale leer, joder, que lea. Y encima no me puedo llevar todos los libros que quisiera porque no tengo dinero. Mierda, yo quería leer. Y sólo me he podido traer seis libros a casa, y bueno, y otros tres. Al final han sido nueve. Pero son pocos. Y muchos eran más viejos que yo, ¿me oyes? Eran increíbles, sin tapa, sólo páginas, y estaban a la venta. ¿De verdad tienen el valor por el que se venden? Muchos tenían pinta de llevar años y años encerrados, pero si estaba así destrozado fue porque alguien lo usó antes, al menos se entretuvo un rato ojeando esas páginas. Y ahora lo venden por un par de euros, cuando su valor sentimental seguro que lo multiplica mucho. ¿Y la poesía de Bayly? Joder, me río con la poesía, creo que eso no me había pasado antes. ¿Y Martín-Gaite? ¿O era Rico-Godoy? Al final no pude traerme nada, pero desde luego que estoy contento con mis compras. Quisiera traerme tantos más. Creo que se me iluminaban los ojos a cada rato. Ah, y también me he llevado uno de Pàmies, el que también ha traducido el libro de Frédéric Beigbeder que compré el otro día.
-¿Y por qué me cuentas todo esto?
-Porque aunque me dolían los pies por haber andado tanto, era feliz, tío…Eso sí, estoy cabreado, ¿eh?
-Ya se ve, ya…

Punto y seguido.

A veces tan feliz y a veces tan abajo, en el subsuelo, y mi corazón se cansa de ser siempre el mismo, sucio por el barro y atento a cualquier gesto.

Contar.

A veces pienso que no sé contar. No sé contar historias de naufragios amorosos, del guiri al que tratamos bien porque llega con el pelo rubio y la cartera llena, del moro al que tratamos mal porque habla raro y huele peor, de todos los quiero y no puedo que he sentido, vivido y sufrido, de todo lo que quiero decir y no me atrevo. Ahora que hay cambios, ahora que vivo entre metro y ferrocarril, entre la espada y la pared, entre lo desconocido y lo invertebrado, ahora que sufro horas de sueño… Ahora quisiera saber contar todo lo que quisiera decir, no en el sentido matemático ni literario, simplemente, contar. Contar contigo.

Daniel pensó que los sueños no eran dignos de ser escritos. Pensó que aunque eran fruto de nuestra mente,

http://tn3-1.deviantart.com/fs10/300W/i/2006/156/2/c/he_Minimum_House_by_tgrq.jpg

no lo eran de nuestro acto de ponerse a imaginar voluntariamente para escribir una historia. Pero era demasiado bueno como para dejarlo pasar. Levantó la persiana de su habitación, quería que entrara aire, pese a que también se colasen los ruidos de la ciudad, para poder ponerse en situación. Con la ventana bien abierta, un reloj le hizo reflejo en los ojos, otro motivo para el que retrasar un poco más la escritura. Apagó el teléfono móvil y se puso un disco aún por escuchar, tenía ganas de oírlo desde hacía tiempo. Estaba más enamorado de la música que de las mujeres, hacía muchos años que tocaba el piano, el saxo, la guitarra y el chelo. Le resultaba incómodo hablar de ello con una mujer porque igual consideraban que era un enfermo de la música, un chico sin vida social, o realmente un genio. Y como prefería no dejar la duda a las mujeres, escribía lo que sentía ya fuera en re mayor o en la prosa que hacía tiempo perseguía. Siguió dándole vueltas a la idea de escribir sobre un sueño, sobre uno de los mejores sueños que recordase. Lo cierto es que recordaba pocos, pero los que recordaba los creía fantásticos. Se traslabada a un mundo paralelo, con extraños fenómenos que solían tener que ver con su vida en la tierra pero que se transformaban y adquirían propiedades geniales, dignas de una película de ciencia ficción. Recordaba que el sueño se producía en una sala donde estaban dando una conferencia, y la gente escribía. No atendía a lo que decían los dos encargados de realizar la charla. Era un concurso de relatos, un concurso literario de esos que no se sabe bien hasta qué punto se toma el criterio para evaluar una obra. De esos que si eres el primero que te leen, malo, porque habrá alguno mejor. De esos que si eres el último, también malo, porque ya estará cansado de leer e igual se salta alguna línea para terminar antes. Por eso Daniel nunca participaba en concursos literarios, porque ni le interesaba el premio ni el ser reconocido. Tan sólo quería escribir para sí mismo, para reírse de su calidad inerte años después, cuando lo volviese a leer. Pero en su sueño, todo el mundo escribía, y él simplemente observaba lo que hacían, sin atender a lo que decían los encargados de la charla ni pensar sobre qué escribir. Observó lo que escribía un hombre de la fila de delante, que parecía arrancarse el poco pelo que le quedaba en busca de ideas. En su folio ponía “lo que deseo ser”, “quisiera ser”, “ser o no ser”. Ups, esto último es un plagio, pensó para sí mismo, pero no quería desilusionar al cuarentón en su frustrado intento de escribir algo mínimamente de calidad. Vio que todos escribían, algunos incluso en ordenador portátil. Pensó que no estaba en su lugar, que a él le pertenecía su piso de edificio viejo, de espacios vacíos, de máquina de escribir heredada de un anterior dueño que quizá no supo por qué la dejaba o quizá nunca la quiso. A él le pertenecían las alcobas vacías de amor, las cornisas de cagadas de paloma y polvo en el aire. Se levantó de la sala y dejó el premio para otro. Sabía que si escribía cualquier cosa ganaría, pero realmente no quería ganar, así que le dejaría el “honor” a otro.

Una vez despierto, y tras haberlo escrito, pensó que no era para tanto. Quizá habría mejores sueños que escribir. Bajó de nuevo la persiana, cuidadosamente, para no tocar la cornisa manchada, y se metió en la cama.

Duda existencial.

Y cuando me dijeron que cuando mejor escribía era cuando hablaba, sin buscar la belleza del arte literario, no supe si me estaban elogiando o insultando.

18.

Entró a los dieciocho como jamás hubiese imaginado: tocando la guitarra. Unos tristes acordes, como solía hacerlos, solitarios, como su corazón. Sonaba el arpegio y le felicitaban, pero él seguía tocando. Hubo quien le besó, y cuando le abrazaron tuvo que parar. En ese momento se sintió feliz. Aunque los años se celebran en la juventud y se lamentan en la vejez, él sabía hacía tiempo que no llegaría a viejo. Siempre le pareció curioso el caso de un viejo de su pueblo. Llevaba años diciendo que cuando él sintiera que no tenía que seguir viviendo, se suicidaría. Un día, vio que dependía demasiado de su família, y quería que su gente tuviera un recuerdo de él joven, y no atado a una silla de ruedas hasta morir o dependiendo de unos cables que le ayudasen a respirar. Un día que se quedó solo en casa, escribió una nota. Puso lo que quería decir, se dio un baño, se cortó las uñas, se puso su mejor traje, con corbata, y todo. Y se ahorcó. Dijo adiós al mundo más elegante que nunca, con su tranquilidad característica, sabiendo que quizá era lo mejor que podía hacer. Hay quien considera el suicidio un hecho cobarde, y aunque en cierto modo él también lo pensaba, lo único que quiso hacer este pobre anciano era fotografiar su recuerdo joven y quemar los negativos de la vejez más triste.

Él, con dieciocho años, tenía muchos proyectos. Siempre quiso escribir, y de hecho lo hacía, mejor o peor, pero lo intentaba. Desde hacía un tiempo tocaba la guitarra, y cada vez que veía una sentía la necesidad de hacer aunque fuese un solo acorde, quería darle vida a las cuerdas, tocarlas y sentir que expresaban como nadie la alegría, la soledad, la melancolía, todo lo que le pidieras. Solía cantar, darle versos a los acordes, buscando la melodía y intentando quitar de en medio la imperfección, que siempre estaría presente aunque él no lo supiera.

Pero se supo feliz de tener gente al lado. Familiares, amigos, chicos y chicas. Y música. Y libros. ¿Y qué más podía pedir? ¿Dinero? Eso es para los pobres. Él se sentía rico de espíritu.

Entradas antiguas »