-Soy un poco extraño. Ya me lo dijo el psicólogo, típico argentino treintañero que se casó y tiene una hija pequeña, pero que ahora aprovecha para tirarse todo lo que se mueve en su consulta que sea del sexo femenino, aunque de esto último dudo cada vez más. Y es que su secretaria, la típica española cuarentona separada con dos hijos, uno gamberro y el otro yonki, que aprovecha cada sábado como si fuera el último para ir al bingo con sus amigas primero, y a tomar un gintonic después, me dice que en realidad soy un incomprendido.
Yo, típico treintañero sin aspiraciones ni vida social, que me engancho a los libros como si se me fuese la vida en ello y que me he enamorado de personajes de novelas del siglo pasado, temo que no sé qué hacer. Me dedico a analizar a la gente, sin más, como un eterno descriptor. No sé describir, no sé escribir. Lo cierto es que siempre lo he intentado. En cierto modo me parezco a mi padre, sólo que sin ser analfabeto. Mi padre, ese triste hombre que murió octogenario, viviendo en una residencia, con demencia senil y lustros de trabajo entre minas, andamios y tabernas, siempre dijo que “eso de leer y escribir es pa’ los ricos. Tú al tajo y a callar”. Y no le hice caso, y eso que yo era de una familia pobre, mi padre no fue a la escuela y mi madre era costurera, ama de casa y cotilla en general. Mis hermanos, Juan Manuel y Antonio José, de nombres tradicionales, hoy son empresarios. Uno tiene una frutería y el otro un bar de casi dos cientos metros cuadrados, todo un lujo.
¿Y sabe qué? Mi cuñada, la mujer de mi hermano Juan Manuel, que se llama Marisa, tiene un puticlub. Sí, está mal decirlo así, más que nada porque suelo frecuentarlo y ella me guarda muy bien el secreto, pero es que llamarlo casa de citas queda muy glamouroso y los camioneros, taxistas y escritores fracasados como yo que solemos frecuentarlos no lo somos. Una vez, en el puti, me encontré con un escritor muy famoso. Resulta que también tenía negocios en la droga, era muy polifacético. Me ofreció ser el hombre de paja, y creo que no lo entendí bien, porque me marché corriendo. De hecho, me extraña que usted no corra.
-Hombre, como comprenderá, no estoy pa’ correr yo ahora.
-¡Qué razón tiene! Es usted el típico viejo cansado de jugar a las cartas y a la petanca que descansa en un banco viendo pasar las horas y las personas mientras llega a la muerte poco a poco, sin prisa, pero sin pausas. ¿No cree que está usted perdiendo el tiempo?
-¿Y me lo dices tú, putero? Vete a leer novelas del romanticismo y déjame en paz.

Te siento triste, y es tonto de mi parte, tal vez tus últimos textos sean de hace meses o años y tal vez ni siquiera sean autobiográficos, debe ser la confusión en la que vivo últimamente. Igual, te doy un abrazo.
Para ser todo tan típico me ha parecido una historia bastante original. Supongo que porque me resulta entrañable cómo el típico treintañero sin aspiraciones sociales le cuenta su “insignificante” vida a un típico viejo de un banco de barrio.
Un beso.
Esto es excelentísimo. Un dardo envenenado.
(¿Estás triste?).
miríadas
No, mis textos están escritos desde hace poco todos los que publico por aquí. Así cuando los vea dentro de un tiempo podré identificarlos con la fecha en que fueron publicados. Y no es que esté triste, no sé ni cómo me siento. Gracias por el abrazo
Gloria
Era justamente lo que buscaba, hacer algo original de lo cotidiano. Otro beso para tí.
Gilda.
¿Tú crees?
No, no estoy triste. Como le digo a miríadas, no sé ni cómo me siento. Gracias igual
Me he reído muchisimo leyendote. Y que bien lo haces.
Saludos.