Entró a los dieciocho como jamás hubiese imaginado: tocando la guitarra. Unos tristes acordes, como solía hacerlos, solitarios, como su corazón. Sonaba el arpegio y le felicitaban, pero él seguía tocando. Hubo quien le besó, y cuando le abrazaron tuvo que parar. En ese momento se sintió feliz. Aunque los años se celebran en la juventud y se lamentan en la vejez, él sabía hacía tiempo que no llegaría a viejo. Siempre le pareció curioso el caso de un viejo de su pueblo. Llevaba años diciendo que cuando él sintiera que no tenía que seguir viviendo, se suicidaría. Un día, vio que dependía demasiado de su família, y quería que su gente tuviera un recuerdo de él joven, y no atado a una silla de ruedas hasta morir o dependiendo de unos cables que le ayudasen a respirar. Un día que se quedó solo en casa, escribió una nota. Puso lo que quería decir, se dio un baño, se cortó las uñas, se puso su mejor traje, con corbata, y todo. Y se ahorcó. Dijo adiós al mundo más elegante que nunca, con su tranquilidad característica, sabiendo que quizá era lo mejor que podía hacer. Hay quien considera el suicidio un hecho cobarde, y aunque en cierto modo él también lo pensaba, lo único que quiso hacer este pobre anciano era fotografiar su recuerdo joven y quemar los negativos de la vejez más triste.
Él, con dieciocho años, tenía muchos proyectos. Siempre quiso escribir, y de hecho lo hacía, mejor o peor, pero lo intentaba. Desde hacía un tiempo tocaba la guitarra, y cada vez que veía una sentía la necesidad de hacer aunque fuese un solo acorde, quería darle vida a las cuerdas, tocarlas y sentir que expresaban como nadie la alegría, la soledad, la melancolía, todo lo que le pidieras. Solía cantar, darle versos a los acordes, buscando la melodía y intentando quitar de en medio la imperfección, que siempre estaría presente aunque él no lo supiera.
Pero se supo feliz de tener gente al lado. Familiares, amigos, chicos y chicas. Y música. Y libros. ¿Y qué más podía pedir? ¿Dinero? Eso es para los pobres. Él se sentía rico de espíritu.
Yo nunca he considerado el suicidio un hecho cobarde. Bueno, es algo raro lo que yo pienso de los suicidios y de los suicidas, pero, sin duda, cobardía no es lo que me inspira.
Es difícil el tema del suicidio, valentía, cobardía, hartazgo, sabiduría, elegancia, quien sabe, sólo los suicidas podrían hablar de el con conocimiento de causa. Sin embargo tu texto es bueno, abordas el tema desde la perspectiva de unos dieciocho esperanzados y rodeados de amigos y familia. Bien por tu escritura. Besos
Me temo que nadie que pase por aquí te afirme que el suicidio es un acto de cobardía. Para mí no lo es, para mí es una opción más de vida, de no vida. Entiendo muy bien tu relato. Yo, por ejemplo, soy cobarde para suicidarme, lo sé.
Corrígeme si me equivoco pero: Felicidades Pedro.
Un abrazo desde “lo raro es vivir”. Es muy raro, no tanto como morir.
Fusa
Cobarde no, porque yo pienso que hay que tener cojones para hacer. Yo no los tendría, la verdad.
miríadas
Un beso.
Es muy complicado, ¿alguien lo comprende? Yo creo que ni quien se suicida… Me alegra que creas que mi textos es bueno. Gracias
Gloria
Muchas gracias, sí, cumplí los dieciocho. Es muy raro vivir, en el sentido que todos esperamos de la palabra y no en el más estricto.
Ay Pedro, estás cumpliendo los 18? un abrazo y unas mañanitas mexicanas. Estas son las mañanitas, que cantaba el rey David, a los muchachos bonitos, se las cantamos aquí, desperta pedro despierta, mira que ya amaneció, ya los pajarillos cantan, la luna ya se metió.
te la canté eh?
miríadas
Sí, cumplí los dieciocho
Muchas gracias por cantar!!