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A veces pienso que mis mejores textos los que no escribo. Son mis pensamientos, cuando paseo y veo almas pasear de aquí para allá, sin más intención que perder el tiempo en unos pasos sobre el asfalto o mirar un escaparate. Otros, entre los que me incluyo, viajan en la mente o viven en la música de los auriculares. Pienso, y creo en mi pensamiento. Y llego a casa y trato de escribir lo que he craedo, pero soy incapaz de trazar algo tan perfecto. Entonces me cabreo, arranco el folio, hago una bola de papel con él y lo lanzo a donde sea, no me interesa volver a verlo.

Y sin embargo, puede que haya perdido mi vida en esos papeles de tinta barata y verso premeditado en el semáforo en rojo, atento a la luz verde que parece que nunca llega, o bajando las escaleras rumbo al metro. Ahora mismo me pasa algo parecido. Paseaba delante de ópticas, de tiendas de ropa, de videojuegos, de cosas que no me interesan y de otras que si no me interesan ahora quizá me interesen mañana o quizá ya me interesaron. Pero no soy capaz de recordar qué creé en mi mundo personal e instranferible, en mi libreta neuronal de estructura incorrecta y labios idealizados. Será mejor cambiar de estrategia. Llevar bolígrafo y papel en el bolsillo, dejar el teléfono móvil de lado. A veces, como no tengo nada más, apunto lo que se me ocurre en el teléfono, y al tardar en escribir pierde su atractivo y acabo eliminando el borrador sin clemencia, sin dar una oportunidad a ese pobre verso frente al paredón.

Prometo no asesinar más prosa ni verso, prometo no condenar a la ausencia ninguna de mis promesas. Prometo no hacer nada en vano, aunque sólo prometa intentarlo.

María y José.

En la taberna, los marineros hoy no salen a navegar. Ya no quedan nudos, ni estribor, ni babor. No quedan horas océano, ni besos a traición, robados a última hora, antes de embarcar.

José hoy monta barcos en botellas de cristal. Atrapados en el abismo de su realidad, como él, sin aspiraciones ni navíos que dirigir, aunque fueran para ir a pescar. La dulce María, puta desde los quince y ahora arrugada la cara a los cincuenta como una uva pasa, sigue conquistando viejos lobos de mar. Cobra atún a cambio de polvo, o unas monedas por follar. A veces es la sombra del horizonte, cuando los marineros regresan. Les pesa el alma más que el propio cuerpo. Son muchas horas solitarias encima, muchas noches de paseo de popa a proa, sin más. Caminante, no hay camino. Y era cierto, no hay camino. No se marcó el sendero sobre las olas, no hubo más remedio que no salir a faenar. Títere del viento, el dueño del mar.

-Soy un poco extraño. Ya me lo dijo el psicólogo, típico argentino treintañero que se casó y tiene una hija pequeña, pero que ahora aprovecha para tirarse todo lo que se mueve en su consulta que sea del sexo femenino, aunque de esto último dudo cada vez más. Y es que su secretaria, la típica española cuarentona separada con dos hijos, uno gamberro y el otro yonki, que aprovecha cada sábado como si fuera el último para ir al bingo con sus amigas primero, y a tomar un gintonic después, me dice que en realidad soy un incomprendido.

Yo, típico treintañero sin aspiraciones ni vida social, que me engancho a los libros como si se me fuese la vida en ello y que me he enamorado de personajes de novelas del siglo pasado, temo que no sé qué hacer. Me dedico a analizar a la gente, sin más, como un eterno descriptor. No sé describir, no sé escribir. Lo cierto es que siempre lo he intentado. En cierto modo me parezco a mi padre, sólo que sin ser analfabeto. Mi padre, ese triste hombre que murió octogenario, viviendo en una residencia, con demencia senil y lustros de trabajo entre minas, andamios y tabernas, siempre dijo que “eso de leer y escribir es pa’ los ricos. Tú al tajo y a callar”. Y no le hice caso, y eso que yo era de una familia pobre, mi padre no fue a la escuela y mi madre era costurera, ama de casa y cotilla en general. Mis hermanos, Juan Manuel y Antonio José, de nombres tradicionales, hoy son empresarios. Uno tiene una frutería y el otro un bar de casi dos cientos metros cuadrados, todo un lujo.

¿Y sabe qué? Mi cuñada, la mujer de mi hermano Juan Manuel, que se llama Marisa, tiene un puticlub. Sí, está mal decirlo así, más que nada porque suelo frecuentarlo y ella me guarda muy bien el secreto, pero es que llamarlo casa de citas queda muy glamouroso y los camioneros, taxistas y escritores fracasados como yo que solemos frecuentarlos no lo somos. Una vez, en el puti, me encontré con un escritor muy famoso. Resulta que también tenía negocios en la droga, era muy polifacético. Me ofreció ser el hombre de paja, y creo que no lo entendí bien, porque me marché corriendo. De hecho, me extraña que usted no corra.

-Hombre, como comprenderá, no estoy pa’ correr yo ahora.

-¡Qué razón tiene! Es usted el típico viejo cansado de jugar a las cartas y a la petanca que descansa en un banco viendo pasar las horas y las personas mientras llega a la muerte poco a poco, sin prisa, pero sin pausas. ¿No cree que está usted perdiendo el tiempo?

-¿Y me lo dices tú, putero? Vete a leer novelas del romanticismo y déjame en paz.

Desvarío perpetuo.

En ocasiones todo es tan efímero que ni existen las palabras.

De ahogo y amargura

de drogas y locura.

Sangran los poemas,

mueren las palabras.

Orgasmos rasgados

por los filos de tus labios.

Polvos de alquiler,

sueños a la deriva.

Báilame el agua,

como quien dijo.

Como tus cenizas,

las que yo maldigo.

Y cabalgamos,

en baños públicos.

Y nos morimos,

juntos, en ninguna parte.

Sin el recuerdo,

sin tu cabello,

sin mis versos,

sin nada como abrigo.

Sin fin,

que todo es un ciclo.

Hoy te he vuelto a ver. Llevo años enamorado de tí y años sin hablarte. Quizá uno se olvida de lo que es amar cuando nunca puede ver a la persona a la que ama, pero basta un segundo de tu andar para recordar todo lo que me haces sentir. Y te escribo a tí, directamente, aunque nunca lo vayas a leer, porque esto quedará en algún cajón junto con mis miles de recuerdos en forma de hoja de papel.

Me siento un náufrago en medio de la ciudad, como si nadie me viese y las calles limitaran mi existencia. Hace meses que no salgo de estas manzanas con gente a la que desconozco y que sin embargo hace años que viven cerca de mí. Pero hoy te he vuelto a ver.

Cruzabas la calle con tu andar rápido, sin disimular que llevabas prisa, quizá al trabajo o a cualquier cita. Hacía un par de años que no te veía ni sabía nada de tí, en el fondo me alegró verte. Yo venía de la panadería, de tomar un café y una croissant, y ya no tenía nada que hacer en todo el día. Tenía pensado dormir un poco más, incluso tal vez buscar trabajo, pero se antojaba complicado. El caso es que como no tenía nada que hacer y tu no advertiste mi presencia, decidí seguirte. Paraste de repente, como buscando algo, y te giraste. Yo hace ya dos semanas que no me afeitaba y unos meses que no me corto el pelo, así que ni por casualidad pensaste que podría ser yo, creo que ni te fijaste que había una persona parada a unos pocos metros tuyos. Buscabas el cartel de una calle, necesitabas ubicarte. Parecías estresada. Por un momento, pensé que sería excitante preguntarte que a dónde ibas, sin decir que era yo, sin decir nada más que eso. Ofrecerme para ayudarte, y que te largaras en busca de tu ansiado destino. Pero no me atreví. No me atreví como siempre me ha pasado. El eterno cobarde, con todo al alcance y que nunca alcanza. Al final no hizo falta ayuda, y llegaste a tu destino. Vaya, una cafetería. Me senté en un banco que había en frente de las cristaleras del bar para observar qué hacías, pero el reflejo del sol no me dejaba ver demasiado. Me miré en el cristal, y me sorprendí de mi propia presencia. Zapatos desgastados, unos pantalones chinos horribles y una camiseta tan simple como mi vida. Mi pelo estaba rizado y descuidado, y mi barba me hacía diez años mayor. Bien, estaba irreconocible. Nunca me había sentado tan bien estar tan mal. Entré en la cafetería y pedí un cortado. El segundo del día. Cogí el periódico que había en la barra e hice que leía, pero en realidad te estaba observando. Era como un detective privado, pero sin cobrar y sintiéndome un loco recién escapado del psiquiátrico.

Allí estuvimos tú y yo, sin tú advertir mi presencia y yo escondiendome durante tres cuartos de hora. Y fue cuando me decidí a hablarte. Te ví llorar, preciosa como siempre pero más triste que nunca. Tus mejillas eran un mar de tristeza, tus pupilas eran más grises que nunca. No te podía ver así, no lo soportaba. Imaginé que habías terminado una relación con su no-presencia, que las esperanzas se terminaron con el último sorbo de tu té. Podría hacerme pasar por otro, presentarme y preguntarle por qué estaba así, conquistarte ocultando mi identidad, o regresar por la puerta grande, aprovechando tu momento de infelicidad. Me decidí a improvisar. Me levanté de mi silla, dejando dos euros sobre la barra para el camarero. No hacía falta decirle que se quedara el cambio. Me acerqué a tí, con la voz quebrada, y temblando como nunca lo hice. Tú estabas cabizbaja, ocultando tu cara con las manos y calmando tu llanto silencioso, no fuera que alguien se diese cuenta. Me quedé quieto ante tí, sin decir nada. Me miraste y me pusiste una cara de incertidumbre que aún habiendo vivido contigo dos años nunca había visto. Yo hice un esbozo de sonrisa, quizá me quedó una mueca de loco. Incluso me temblaba un poco la cabeza, y mis ojos parecían no querer mirarte, pero lo hice. Tosí un momento, para recuperar mi voz, y dije:

-Perdone, pero, ¿tiene un cigarro?

En cuanto lo dije pensé que era imbécil, porque tú odiabas a los fumadores y yo nunca había fumado. Antes de que pudieras decir nada, dí media vuelta y me marché. Ahora me entran ganas de llamarte, de afeitarme, cortarme el pelo y comprarme ropa nueva, para ser como fuimos, para ser como antes. Pero me parece que me voy a comprar tabaco.

Vivo en la promesa de lo incierto
en la literatura de tu cuerpo
los ojos, que son versos
tus labios, que son sonetos.

Muero en la caída de tus párpados
en la ausencia de tus besos
en el abrazo imperfecto
en el regazo de tu pecho.

Sobrevivo en la palabra,
en la magia de la discordia,
en la dudosa sensatez
de buscar y perder la gloria
una y otra vez.

Y ante la pasividad de tus tacones,
altivos y soberbios
me enervo como un chiquillo
y cae mi castillo de naipes.

Es hora de recoger la baraja,
aquí hay algo que no encaja.

Bueno, primero de todo, decir que escribo desde mi nuevo portátil, y bien feliz que estoy por ello. Hoy, algo diferente. Ayer, Gloria me propuso para seguir una especie de juego. Simplemente, consiste en comentar qué seis cosas son las que te hacen feliz. He aquí mi lista:

  • Leer
  • Tocar la guitarra
  • Escribir
  • Disfrutar de un buen concierto
  • Salir con los amigos, una buena charla con ellos donde sea.
  • Viajar

Bueno, pues como hay que nominar a seis personas, lo haré. Primero de todo, Edu, mi compañero batería de nuestro proyecto musical, amigo, fue también mi padre-fantasma cuando protagonicé Hamlet. Nuri, que sé que no le gustara que le nomine para algo así, pero me da igual. Xabi, porque es el que compuso Too late, un tema que tocamos nosotros, y porque dentro de poco va a dar su primer concierto. Iván, o Koxy, mejor dicho. Un rapero valenciano como Dios manda, que dentro de poco sacará una mixtape. Yo no soy como sabina, yo sí que soporto el rap. Luego, también a miríadas, porque cada vez me sorprende más con lo que escribe. Y, finalmente, Gilda, el arcángel mirón, por lo mismo que miríadas.

Y bueno, ya sabéis, hacéis el juego y nomináis a seis personas. Tendréis que comunicarles que están nominados para que lo sepan y puedan hacer lo mismo.

http://tn3-2.deviantart.com/fs10/300W/i/2006/098/f/c/Book_by_christkinderl.jpg

El escritor sintió pánico nada más pensarlo: creía que no tenía nada que decir. Creía que a nadie le interesaría lo que él pudiese crear. Ni una sola escena, ni un solo personaje, nada. Ni los parques color ocre al acercarse el otoño, cuando el frío asoma por la ventana y recuerdas las tardes de película en casa y el jersey de cuello alto. Ni la escena de la gitana vendiendo calcetines en el mercadillo, pura imitación pero que compras eludiendo el capitalismo por un instante. Creyó que escribir en vano era tiempo perdido, y que quizá tenía que jubilar a su querida Olivetti. Entre lágrimas, accionó la palanca de carro libre, pensando que saldría algo. Pero nada. Se levantó y se fue al balcón, a llorarle a las flores y a la luz del sol, antítesis de mediodía. Fuera, los párpados se cerraban ante el día, lleno de vida, y se llenaba de aire nostálgico con olor a lentejas. De nuevo cocinaba Carmen, la vecina de abajo, con quien había compartido cafés y tardes de naipes, incluso bailando en medio del salón cuando sonó “Volver” en la radio. Ahora, con su inspiración en busca y captura y los años marchitando, como las flores de su balcón de noviembre, temía haber perdido la vida sin haber muerto. No le quedaban palabras, pétalos ni romances. Quizá un sorbo de un buen tinto le ayudase a recordar cómo era eso del arte de escribir. O tal vez leer algo de Joaquín M. Barrero. O tal vez las dos cosas a la vez.

-A leer y a beber – se dijo. Abrió el libro, abrió la botella. Bebió una novela entera y leyó el aroma del vino entre sus labios. Borrachera de literatura.

A Fonsagrada

Y pensé que era demasiado tarde justo cuando arrancó. Una sonrisa franca, sin gestos que me engañen, puede decir mucho. El tren sale, 19:50, hora de decir adiós. Y vuelvo a las tardes de ausencia a cobro revertido, a las noches de ventiladores, de ventanas abiertas, de conciertos y paseos sin ningún sentido. Y mientras veo que anochece, pasan las oportunidades de frenar a tiempo y dar marcha atrás, de decir que lo siento y que quisiera un poco más, aunque sea un instante, y que dejes que te invite. Sí, lo sé, me marcho y volveré. No sé cuándo, ni por qué. Quizá, como cada año, me atraigas, como solías hacerlo, con tu color de miel al anochecer, con tu escote que deja jugar a la imaginación, con los paseos a escondidas, no vaya a ser que nos pillen. Y, ¿qué quieres que te diga? Ya te echo de menos. Y este año ha sido poco, menos que el anterior, y que el anterior. Pero no sé, quizá otro año sea más. Quizá la definitiva. Ojalá.

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