Hoy te he vuelto a ver. Llevo años enamorado de tí y años sin hablarte. Quizá uno se olvida de lo que es amar cuando nunca puede ver a la persona a la que ama, pero basta un segundo de tu andar para recordar todo lo que me haces sentir. Y te escribo a tí, directamente, aunque nunca lo vayas a leer, porque esto quedará en algún cajón junto con mis miles de recuerdos en forma de hoja de papel.
Me siento un náufrago en medio de la ciudad, como si nadie me viese y las calles limitaran mi existencia. Hace meses que no salgo de estas manzanas con gente a la que desconozco y que sin embargo hace años que viven cerca de mí. Pero hoy te he vuelto a ver.
Cruzabas la calle con tu andar rápido, sin disimular que llevabas prisa, quizá al trabajo o a cualquier cita. Hacía un par de años que no te veía ni sabía nada de tí, en el fondo me alegró verte. Yo venía de la panadería, de tomar un café y una croissant, y ya no tenía nada que hacer en todo el día. Tenía pensado dormir un poco más, incluso tal vez buscar trabajo, pero se antojaba complicado. El caso es que como no tenía nada que hacer y tu no advertiste mi presencia, decidí seguirte. Paraste de repente, como buscando algo, y te giraste. Yo hace ya dos semanas que no me afeitaba y unos meses que no me corto el pelo, así que ni por casualidad pensaste que podría ser yo, creo que ni te fijaste que había una persona parada a unos pocos metros tuyos. Buscabas el cartel de una calle, necesitabas ubicarte. Parecías estresada. Por un momento, pensé que sería excitante preguntarte que a dónde ibas, sin decir que era yo, sin decir nada más que eso. Ofrecerme para ayudarte, y que te largaras en busca de tu ansiado destino. Pero no me atreví. No me atreví como siempre me ha pasado. El eterno cobarde, con todo al alcance y que nunca alcanza. Al final no hizo falta ayuda, y llegaste a tu destino. Vaya, una cafetería. Me senté en un banco que había en frente de las cristaleras del bar para observar qué hacías, pero el reflejo del sol no me dejaba ver demasiado. Me miré en el cristal, y me sorprendí de mi propia presencia. Zapatos desgastados, unos pantalones chinos horribles y una camiseta tan simple como mi vida. Mi pelo estaba rizado y descuidado, y mi barba me hacía diez años mayor. Bien, estaba irreconocible. Nunca me había sentado tan bien estar tan mal. Entré en la cafetería y pedí un cortado. El segundo del día. Cogí el periódico que había en la barra e hice que leía, pero en realidad te estaba observando. Era como un detective privado, pero sin cobrar y sintiéndome un loco recién escapado del psiquiátrico.
Allí estuvimos tú y yo, sin tú advertir mi presencia y yo escondiendome durante tres cuartos de hora. Y fue cuando me decidí a hablarte. Te ví llorar, preciosa como siempre pero más triste que nunca. Tus mejillas eran un mar de tristeza, tus pupilas eran más grises que nunca. No te podía ver así, no lo soportaba. Imaginé que habías terminado una relación con su no-presencia, que las esperanzas se terminaron con el último sorbo de tu té. Podría hacerme pasar por otro, presentarme y preguntarle por qué estaba así, conquistarte ocultando mi identidad, o regresar por la puerta grande, aprovechando tu momento de infelicidad. Me decidí a improvisar. Me levanté de mi silla, dejando dos euros sobre la barra para el camarero. No hacía falta decirle que se quedara el cambio. Me acerqué a tí, con la voz quebrada, y temblando como nunca lo hice. Tú estabas cabizbaja, ocultando tu cara con las manos y calmando tu llanto silencioso, no fuera que alguien se diese cuenta. Me quedé quieto ante tí, sin decir nada. Me miraste y me pusiste una cara de incertidumbre que aún habiendo vivido contigo dos años nunca había visto. Yo hice un esbozo de sonrisa, quizá me quedó una mueca de loco. Incluso me temblaba un poco la cabeza, y mis ojos parecían no querer mirarte, pero lo hice. Tosí un momento, para recuperar mi voz, y dije:
-Perdone, pero, ¿tiene un cigarro?
En cuanto lo dije pensé que era imbécil, porque tú odiabas a los fumadores y yo nunca había fumado. Antes de que pudieras decir nada, dí media vuelta y me marché. Ahora me entran ganas de llamarte, de afeitarme, cortarme el pelo y comprarme ropa nueva, para ser como fuimos, para ser como antes. Pero me parece que me voy a comprar tabaco.