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Archive for the ‘espejo retrovisor’ Category

Nunca llegaré a conocerte lo suficiente, aunque hayamos contactado en lo más hondo de nuestra alma a través del reflejo de los cristales del ferrocarril, aunque sepa que sientes y padeces tanto como yo. Nunca llegaremos a conocernos lo suficiente, pues temo haber perdido para siempre el sonido de tus tacones mientras andas, Plaza Catalunya arriba, conmigo delante pensando en ti sin que lo sepas. Yo, mi, me, sin ti. Cumpliendo la condena de tu ausencia, sabiendo que pudo ser bueno y llegó a ser lo peor. Me contaste la historia de tu vida con una sola mirada, fuiste mía durante una décima de segundo, como esa sensación que te posee cuando terminas un libro que ha conquistado tu alma. Y aunque disfruté tus ojos y tu leve respirar, por un solo segundo, sé que nunca llegaré a conocerte lo suficiente.

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Me gustaría ser un personaje de Paul Auster para tener cojones a decírtelo todo. Tenerte a unos pasos, o a un gesto tan siquiera, y callrme como siempre hago no debe ser bueno. Tener mis pulmones junto a los tuyos, porque Fréderic Beigbeder los considera más que al corazón, y no ser capaz de respirar tu mismo aire.

Que me digas que me quieres, pero no como yo quiero. Que me digas que me quieres, pero no lo sientes.

Fuera de todo orden: Este blog anda un poco decaído, lo sé. Ando intentando encontrar algo que me motive para escribir, iniciándome en la vida universitaria, viviendo conciertos como público, y además, ahora también como músico. O eso intento. Os dejo un vídeo de una actuación que tuve hace unos días 🙂

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Punto y seguido.

A veces tan feliz y a veces tan abajo, en el subsuelo, y mi corazón se cansa de ser siempre el mismo, sucio por el barro y atento a cualquier gesto.

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Y cuando me dijeron que cuando mejor escribía era cuando hablaba, sin buscar la belleza del arte literario, no supe si me estaban elogiando o insultando.

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18.

Entró a los dieciocho como jamás hubiese imaginado: tocando la guitarra. Unos tristes acordes, como solía hacerlos, solitarios, como su corazón. Sonaba el arpegio y le felicitaban, pero él seguía tocando. Hubo quien le besó, y cuando le abrazaron tuvo que parar. En ese momento se sintió feliz. Aunque los años se celebran en la juventud y se lamentan en la vejez, él sabía hacía tiempo que no llegaría a viejo. Siempre le pareció curioso el caso de un viejo de su pueblo. Llevaba años diciendo que cuando él sintiera que no tenía que seguir viviendo, se suicidaría. Un día, vio que dependía demasiado de su família, y quería que su gente tuviera un recuerdo de él joven, y no atado a una silla de ruedas hasta morir o dependiendo de unos cables que le ayudasen a respirar. Un día que se quedó solo en casa, escribió una nota. Puso lo que quería decir, se dio un baño, se cortó las uñas, se puso su mejor traje, con corbata, y todo. Y se ahorcó. Dijo adiós al mundo más elegante que nunca, con su tranquilidad característica, sabiendo que quizá era lo mejor que podía hacer. Hay quien considera el suicidio un hecho cobarde, y aunque en cierto modo él también lo pensaba, lo único que quiso hacer este pobre anciano era fotografiar su recuerdo joven y quemar los negativos de la vejez más triste.

Él, con dieciocho años, tenía muchos proyectos. Siempre quiso escribir, y de hecho lo hacía, mejor o peor, pero lo intentaba. Desde hacía un tiempo tocaba la guitarra, y cada vez que veía una sentía la necesidad de hacer aunque fuese un solo acorde, quería darle vida a las cuerdas, tocarlas y sentir que expresaban como nadie la alegría, la soledad, la melancolía, todo lo que le pidieras. Solía cantar, darle versos a los acordes, buscando la melodía y intentando quitar de en medio la imperfección, que siempre estaría presente aunque él no lo supiera.

Pero se supo feliz de tener gente al lado. Familiares, amigos, chicos y chicas. Y música. Y libros. ¿Y qué más podía pedir? ¿Dinero? Eso es para los pobres. Él se sentía rico de espíritu.

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A veces pienso que mis mejores textos los que no escribo. Son mis pensamientos, cuando paseo y veo almas pasear de aquí para allá, sin más intención que perder el tiempo en unos pasos sobre el asfalto o mirar un escaparate. Otros, entre los que me incluyo, viajan en la mente o viven en la música de los auriculares. Pienso, y creo en mi pensamiento. Y llego a casa y trato de escribir lo que he craedo, pero soy incapaz de trazar algo tan perfecto. Entonces me cabreo, arranco el folio, hago una bola de papel con él y lo lanzo a donde sea, no me interesa volver a verlo.

Y sin embargo, puede que haya perdido mi vida en esos papeles de tinta barata y verso premeditado en el semáforo en rojo, atento a la luz verde que parece que nunca llega, o bajando las escaleras rumbo al metro. Ahora mismo me pasa algo parecido. Paseaba delante de ópticas, de tiendas de ropa, de videojuegos, de cosas que no me interesan y de otras que si no me interesan ahora quizá me interesen mañana o quizá ya me interesaron. Pero no soy capaz de recordar qué creé en mi mundo personal e instranferible, en mi libreta neuronal de estructura incorrecta y labios idealizados. Será mejor cambiar de estrategia. Llevar bolígrafo y papel en el bolsillo, dejar el teléfono móvil de lado. A veces, como no tengo nada más, apunto lo que se me ocurre en el teléfono, y al tardar en escribir pierde su atractivo y acabo eliminando el borrador sin clemencia, sin dar una oportunidad a ese pobre verso frente al paredón.

Prometo no asesinar más prosa ni verso, prometo no condenar a la ausencia ninguna de mis promesas. Prometo no hacer nada en vano, aunque sólo prometa intentarlo.

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A Fonsagrada

Y pensé que era demasiado tarde justo cuando arrancó. Una sonrisa franca, sin gestos que me engañen, puede decir mucho. El tren sale, 19:50, hora de decir adiós. Y vuelvo a las tardes de ausencia a cobro revertido, a las noches de ventiladores, de ventanas abiertas, de conciertos y paseos sin ningún sentido. Y mientras veo que anochece, pasan las oportunidades de frenar a tiempo y dar marcha atrás, de decir que lo siento y que quisiera un poco más, aunque sea un instante, y que dejes que te invite. Sí, lo sé, me marcho y volveré. No sé cuándo, ni por qué. Quizá, como cada año, me atraigas, como solías hacerlo, con tu color de miel al anochecer, con tu escote que deja jugar a la imaginación, con los paseos a escondidas, no vaya a ser que nos pillen. Y, ¿qué quieres que te diga? Ya te echo de menos. Y este año ha sido poco, menos que el anterior, y que el anterior. Pero no sé, quizá otro año sea más. Quizá la definitiva. Ojalá.

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En ese mismo instante, en el justo momento en que debería besar a la chica de sus sueños, susurró: lo que yo quiero, corazón cobarde, es que mueras por mí. Ella se quedó aturdida, pensando que era lo más bonito que le habían dicho nunca.

-¿De dónde has sacado eso?
-Eh, bueno…a veces, pensando en tí, se me ocurren cosas y las plasmo en papel.
-Uh, serás mentiroso. ¿Me tomabas por tonta? ¡Sé que eso es de Joaquín Sabina!
-Pasa que a veces alguien escribe algo tan exactamente identificado con cómo te sientes, que parece que lo hayas escrito tú mismo. Puede que me lo robase en sueños, puede que se lo dijese por telepatía sin saberlo.

Y de pronto, se llevó una bofetada.

-Imbécil.

Y la puerta del coche se cerró, como sus opciones de besar a la chica, que se desvaneció entre la niebla de la noche. Se quedó sin polvo en el asiento de atrás, sin atisbos de esperanza, sin muecas de sonrisa y con las lágrimas en la garganta.

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Algo me dijo que iría mal esa noche. Tus ánimos mermados, los míos drogados. Y supe que era un codo en el que apoyarse, cuando en realidad quería ser otra cosa. Y supe que perdía mi oportunidad, la tenía cada vez más lejos, se distanciaba a la par que avanzaban las líneas discontínuas pegadas al asfalto. Tú llorando sobre la mesa, yo esperando una respuesta. Quizá no sea yo quien deba escucharte. Quizá deba yo hablar. Decirte tantas cosas que quise antes y no pude. Porque soy un cobarde, o porque no tuve mi oportunidad. Porque las circunstancias me pusieron en lo incierto y me arrastraron al frío que hoy me envuelve y que a este paso congelarán tus lágrimas. Hoy sé que soy humano. Lo sé porque vuelvo a tropezar con la misma piedra, esa piedra con silueta de belleza imperfecta que atrae más que la propia perfección. Y creí que si no pensaba demasiado en tí podría reducir mis miedos, sentarme sobre ellos con la tranquilidad de un rey sobre su trono, pero ni así. Tal vez sea demasiado ingenuo, demasiado imbécil, demasiado gilipollas, al fin y al cabo.

Y si lo cuento, sonrío. Quizá porque sí, quizá porque no. Me refugiaré en las letras, en lo prohibido, en el quiero y no puedo, una vez más. Y sé que estoy condenado a este abismo de lo miserable, a la traición de la espada que terminaré por clavarme yo mismo para ahorrarte el trabajo. Y si sangro, me mirarás impasible, apasionada de lo inhumano, héroe del cineasta malvado. Y te reirás, y me tirarás la colilla al lado, haciéndome saber que es mi último cigarro. Que no quedan más pasos, más distancias, más besos, si es que los hubo, o más abrazos, si es que existieron. Y me quedaré con las ganas, otra verz… otra vez… y otra, y otra. Hasta que me canse.

Soy feo, amante del aire, de la literatura, de la música, de lo inexistente, ingenuo, maduro e inmaduro, según me da el sol en la frente, pero ante todo, soy yo. Tal y como me ves. O lo tomas o lo dejas. ¿Quieres tomar otra? Yo invito. Eso sí, pagas tú.

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o “intentar hacer algo sabiendo que vas a fracasar.”

Un día robaré toda tu inspiración y me la inyectaré en vena. Así llevaré un poco de tí en mí. Como la horchata lleva de la chufa, como el riñón del cadáver de ayer en el enfermo de hoy o como el agua del cielo que hoy ha estallado contra el asfalto y ha terminado en la cloaca.

Y quizá no exista algo a tu altura y mi intento sea en vano. Y quizá necesite una escalera para llegar o un poco más de talento, si es que alguna vez lo he tenido. Tal vez el talento cruzó ante mí y creí haberle robado la cartera llevándome solamente una imagen intermitente, como el reflejo en el espejo retrovisor de la luz de emergencia del coche de atrás. Y eso que aún no llevo ni la “L”.

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