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Archive for the ‘pseudopensamientos’ Category

Hijo pródigo.

Hoy he sentido la necesidad de volver a la carga. De escribir, de perderme entre los versos, de vomitar palabras hasta sentir vacío estómago y corazón.  Hay tantos cambios en mi vida desde mi último post. Un viaje a Madrid de fin de semana para recordar, muchas canciones escritas, un concierto en una casa okupa recientemente desokupada por la policía…

No sé, la vida gira y no te pertenece en ningún instante, somos títeres de nuestros actos y de los de nuestro alrededor.

Vengo de tomar unas cervezas y algún whisky con compañeros de la facultad. Mi último post es de cuando aún comenzaba la universidad, ese mundo que desconocía y que ahora más o menos voy dominando. Parece que fue hace mucho tiempo cuando aún comentaba por aquí mis textos y los de otros con muchos internautas que aparecieron de la nada y se hicieron con su pequeño rincón.

Por lo de pronto, decir que todo lo que he escrito últimamente tiene forma de canción. Si queréis chequearlo, podéis escucharme en http://www.myspace.com/pedroalvarezbcn . Sería un honor para mi voz sonar en vuestros oídos y ocupar vuestra mente por unos minutos.

Un fuerte abrazo a todos, espero volver pronto.

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Me gustaría ser un personaje de Paul Auster para tener cojones a decírtelo todo. Tenerte a unos pasos, o a un gesto tan siquiera, y callrme como siempre hago no debe ser bueno. Tener mis pulmones junto a los tuyos, porque Fréderic Beigbeder los considera más que al corazón, y no ser capaz de respirar tu mismo aire.

Que me digas que me quieres, pero no como yo quiero. Que me digas que me quieres, pero no lo sientes.

Fuera de todo orden: Este blog anda un poco decaído, lo sé. Ando intentando encontrar algo que me motive para escribir, iniciándome en la vida universitaria, viviendo conciertos como público, y además, ahora también como músico. O eso intento. Os dejo un vídeo de una actuación que tuve hace unos días 🙂

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Y cuando me dijeron que cuando mejor escribía era cuando hablaba, sin buscar la belleza del arte literario, no supe si me estaban elogiando o insultando.

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A veces pienso que mis mejores textos los que no escribo. Son mis pensamientos, cuando paseo y veo almas pasear de aquí para allá, sin más intención que perder el tiempo en unos pasos sobre el asfalto o mirar un escaparate. Otros, entre los que me incluyo, viajan en la mente o viven en la música de los auriculares. Pienso, y creo en mi pensamiento. Y llego a casa y trato de escribir lo que he craedo, pero soy incapaz de trazar algo tan perfecto. Entonces me cabreo, arranco el folio, hago una bola de papel con él y lo lanzo a donde sea, no me interesa volver a verlo.

Y sin embargo, puede que haya perdido mi vida en esos papeles de tinta barata y verso premeditado en el semáforo en rojo, atento a la luz verde que parece que nunca llega, o bajando las escaleras rumbo al metro. Ahora mismo me pasa algo parecido. Paseaba delante de ópticas, de tiendas de ropa, de videojuegos, de cosas que no me interesan y de otras que si no me interesan ahora quizá me interesen mañana o quizá ya me interesaron. Pero no soy capaz de recordar qué creé en mi mundo personal e instranferible, en mi libreta neuronal de estructura incorrecta y labios idealizados. Será mejor cambiar de estrategia. Llevar bolígrafo y papel en el bolsillo, dejar el teléfono móvil de lado. A veces, como no tengo nada más, apunto lo que se me ocurre en el teléfono, y al tardar en escribir pierde su atractivo y acabo eliminando el borrador sin clemencia, sin dar una oportunidad a ese pobre verso frente al paredón.

Prometo no asesinar más prosa ni verso, prometo no condenar a la ausencia ninguna de mis promesas. Prometo no hacer nada en vano, aunque sólo prometa intentarlo.

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Algo me dijo que iría mal esa noche. Tus ánimos mermados, los míos drogados. Y supe que era un codo en el que apoyarse, cuando en realidad quería ser otra cosa. Y supe que perdía mi oportunidad, la tenía cada vez más lejos, se distanciaba a la par que avanzaban las líneas discontínuas pegadas al asfalto. Tú llorando sobre la mesa, yo esperando una respuesta. Quizá no sea yo quien deba escucharte. Quizá deba yo hablar. Decirte tantas cosas que quise antes y no pude. Porque soy un cobarde, o porque no tuve mi oportunidad. Porque las circunstancias me pusieron en lo incierto y me arrastraron al frío que hoy me envuelve y que a este paso congelarán tus lágrimas. Hoy sé que soy humano. Lo sé porque vuelvo a tropezar con la misma piedra, esa piedra con silueta de belleza imperfecta que atrae más que la propia perfección. Y creí que si no pensaba demasiado en tí podría reducir mis miedos, sentarme sobre ellos con la tranquilidad de un rey sobre su trono, pero ni así. Tal vez sea demasiado ingenuo, demasiado imbécil, demasiado gilipollas, al fin y al cabo.

Y si lo cuento, sonrío. Quizá porque sí, quizá porque no. Me refugiaré en las letras, en lo prohibido, en el quiero y no puedo, una vez más. Y sé que estoy condenado a este abismo de lo miserable, a la traición de la espada que terminaré por clavarme yo mismo para ahorrarte el trabajo. Y si sangro, me mirarás impasible, apasionada de lo inhumano, héroe del cineasta malvado. Y te reirás, y me tirarás la colilla al lado, haciéndome saber que es mi último cigarro. Que no quedan más pasos, más distancias, más besos, si es que los hubo, o más abrazos, si es que existieron. Y me quedaré con las ganas, otra verz… otra vez… y otra, y otra. Hasta que me canse.

Soy feo, amante del aire, de la literatura, de la música, de lo inexistente, ingenuo, maduro e inmaduro, según me da el sol en la frente, pero ante todo, soy yo. Tal y como me ves. O lo tomas o lo dejas. ¿Quieres tomar otra? Yo invito. Eso sí, pagas tú.

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Y un halo de luz bajo la mesa. Se liaba un porro como algo automático, con la tranquilidad y la eficacia de un francotirador en busca y captura desde hace años. Sentado, sereno, cansado, cabizbajo. Enfrentándose al papel en blanco, al lápiz sin punta, al escritor sin talento. Era él, auténtico, en su plenitud, esperando el momento para cargar el fusil. Pero le faltaba algo.

De pronto, apareció. También serena, cansada y cabizbaja, pero de pie. Frente a él se puso, sin mediar palabra, sin respirar. Alzó su cabeza dejando ver su rostro de belleza infinita. Le miró con esos labios, y esos ojos, y ese cabello. Le miró sin parpadear, desafiando a su amante. Se quitó el vestido que llevaba con un gesto de instantánea persuasión, y quedó al desnudo. Se tumbó en la cama deshecha desde hacía lustros y rodeada de papeles con poesía infumable, le dijo:

-Escríbeme.
-No existen palabras.

Y se tumbó a su lado, sin dejar de mirarle a la cara. Ella le desvistió, poco a poco, con calma. Quedaron los dos desnudos, el uno frente al otro, en un silencio abrumador. Él se durmió en su pecho, ella se fue sin decir nada. Más tarde despertó del sueño. No existen palabras.

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Y volveré.

Y volveré a esos conciertos, a esos paseos, a esas tardes, esas noches, a tomar esas cervezas, a dormir cuando me apetezca, a usar chapas de grupos, a leer libros, a tocar la guitarra, y la armónica, y compraré púas. Volveré al Depo, al Speakers, al Glops, al Salamandra, e iré a nuevos sitios, conoceré a nuevas gentes, nuevos mundos, nuevas músicas, otros acordes, otras melodías. Tomaré un tren y otro, bajaré donde no debo, escaparé por la salida de emergencia, tiraré de la alarma, para darle emoción. Y correrán detrás de mí unos seguratas gordos, y la crisis se agravará, pero me iré al campo y haré un huerto, comeré tomates y cazaré. Y me pondré un taparabos en verano, un abrigo de tí en invierno. Y volverá el PP, volverá el PSOE, volverá el PP y luego tal vez de nuevo el PSOE. Y lameré tus heridas, curaré tus penas a medianoche, y bailaré My generation, o lo que haga falta, aunque no sepa bailar. Y entonces, te diré algo que no podrás escuchar ni leer en mis labios. Y me lo quedaré para mí. Ah, y no me olvido de tí. Sí, tú. Quiero volver a verte. See you later.

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