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Posts Tagged ‘cuento.’

 

Pronto se cansó de escribir sobre la servilleta del bar de carretera en el que había parado a descansar. Quizá era demasiado pronto para escribir un final y mucho menos plantearse si terminarlo de un modo feliz o no. Tenía muchas opciones sobre la mesa. De hecho, no sabía si elegir ensalada o chuletón. 

Terminó por creer que iban demasiados kilómetros como para pensar, demasiadas horas muertas sobre el asfalto. Y se arrepintió de haber arrancado, de haber iniciado su viaje. ¿A dónde voy ahora? – pensó antes de levantarse y marcharse sin comer nada. Llenó el depósito y volvió a arrancar el coche. Sonaba “Radio nowhere” en el aparato de música y creyó que no había momento más oportuno para escuchar esa canción. Sin prestar demasiada atención al tráfico se iba fijando en las líneas discontínuas que le acompañaban a lo largo del camino. Recta, recta, curva, curva, recta, curva, recta. También su vida era así, discontínua, y llena de resaltos y algún que otro badén. De pronto, una preseñalización de peligro por otras causas. “Esa causa eres tú”, pensó. Sin darse cuenta, continuaba el mismo destino que se propuso al inicio. Quería llegar hasta ella.

Y tras dos horas más al volante, llegó. Volvió a ver aquella casa de piedra, aquellas ventanas con unos cristales que reflejaban el campo que todo lo rodeaba, esa fachada con ese portal pintado a trozos fruto del capricho del tiempo, rasgado por ansiedad metereológica. Se acercó por ese camino de cemento rodeado de hierbas e insectos. Se paró frente al portón y pensó en picar a la puerta. Miró el reloj que ella misma le había regalado. Era un poco tarde, pronto anochecería. Quizá estaría leyendo en la antigua butaca de su abuelo, devorando páginas, ansiando llegar al final de la trama. O sino, estaría escribiendo ella unos versos, o una historia, otra de sus genialidades aún sin descubrir por el resto del mundo. Siguió pensando,inmóvil, frente al portón, fijándose a la vez en los dibujos que la pintura corroida había trazado al azar, deleitando al viento y a los pocos que se fijaran. Se giró, sin saber que hacer. Tanto tiempo deseando tenerla a su lado y ahora que estaba cerca no se atrevía a entrar. Pasaron las reflexiones por su débil carácter y le hirieron como balas de plata en luna llena. Se giró y contempló el campo, los pájaros, todo tan verde a su alrededor y tan ocre en el horizonte. Se fue acercando al banco donde por primera vez se atrevieron a hacer algo, después de que ella le cantase su canción favorita, después de desnudar su alma y su cuerpo. Se sentó y alzó los brazos, estiró las piernas y cerró los ojos. Se perdió en los recuerdos, en el abismo de lo incontrolable, en la ternura del primer polvo. Recorrió su cuerpo con la memoria, unió los hilos de lo perdido en un anhelo.

Lo peor de todo es que se durmió. Ella a unos metros y el cansancio pudo con él, frágil constancia la de su decencia. Le despertó el frío del monte, el viento y el rocío. Se sintió imbécil, triste, melancólico. Pensó que ella podría haberse asomado a la ventana y ver el coche al final del camino y a él en el banco, tan dormido. Avergonzado de sí mismo, se levantó dispuesto a volver a su casa y no a la de ella. A hacer el camino de vuelta, a resignarse a perder. Pero cuando subió al coche vio un papel bajo el limpiaparabrisas. No era posible que alguien hubiese puesto publicidad allí. Salió de nuevo del vehículo para leer el contenido. Era ella. Su inconfundible letra.

             Por el mar vendrán 
             las flores del alba 
             (olas, olas llenas 
             de azucenas blancas), 
             el gallo alzará 
             su clarín de plata.

             (¡Hoy! te diré yo 
             tocándote el alma)

                                    J.R.J.

Y miró el depósito, casi vacío. Como su estómago. Es hora de partir de nuevo, de volver a hacer el camino.

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