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Posts Tagged ‘mierda de palomas’

Daniel pensó que los sueños no eran dignos de ser escritos. Pensó que aunque eran fruto de nuestra mente,

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no lo eran de nuestro acto de ponerse a imaginar voluntariamente para escribir una historia. Pero era demasiado bueno como para dejarlo pasar. Levantó la persiana de su habitación, quería que entrara aire, pese a que también se colasen los ruidos de la ciudad, para poder ponerse en situación. Con la ventana bien abierta, un reloj le hizo reflejo en los ojos, otro motivo para el que retrasar un poco más la escritura. Apagó el teléfono móvil y se puso un disco aún por escuchar, tenía ganas de oírlo desde hacía tiempo. Estaba más enamorado de la música que de las mujeres, hacía muchos años que tocaba el piano, el saxo, la guitarra y el chelo. Le resultaba incómodo hablar de ello con una mujer porque igual consideraban que era un enfermo de la música, un chico sin vida social, o realmente un genio. Y como prefería no dejar la duda a las mujeres, escribía lo que sentía ya fuera en re mayor o en la prosa que hacía tiempo perseguía. Siguió dándole vueltas a la idea de escribir sobre un sueño, sobre uno de los mejores sueños que recordase. Lo cierto es que recordaba pocos, pero los que recordaba los creía fantásticos. Se traslabada a un mundo paralelo, con extraños fenómenos que solían tener que ver con su vida en la tierra pero que se transformaban y adquirían propiedades geniales, dignas de una película de ciencia ficción. Recordaba que el sueño se producía en una sala donde estaban dando una conferencia, y la gente escribía. No atendía a lo que decían los dos encargados de realizar la charla. Era un concurso de relatos, un concurso literario de esos que no se sabe bien hasta qué punto se toma el criterio para evaluar una obra. De esos que si eres el primero que te leen, malo, porque habrá alguno mejor. De esos que si eres el último, también malo, porque ya estará cansado de leer e igual se salta alguna línea para terminar antes. Por eso Daniel nunca participaba en concursos literarios, porque ni le interesaba el premio ni el ser reconocido. Tan sólo quería escribir para sí mismo, para reírse de su calidad inerte años después, cuando lo volviese a leer. Pero en su sueño, todo el mundo escribía, y él simplemente observaba lo que hacían, sin atender a lo que decían los encargados de la charla ni pensar sobre qué escribir. Observó lo que escribía un hombre de la fila de delante, que parecía arrancarse el poco pelo que le quedaba en busca de ideas. En su folio ponía “lo que deseo ser”, “quisiera ser”, “ser o no ser”. Ups, esto último es un plagio, pensó para sí mismo, pero no quería desilusionar al cuarentón en su frustrado intento de escribir algo mínimamente de calidad. Vio que todos escribían, algunos incluso en ordenador portátil. Pensó que no estaba en su lugar, que a él le pertenecía su piso de edificio viejo, de espacios vacíos, de máquina de escribir heredada de un anterior dueño que quizá no supo por qué la dejaba o quizá nunca la quiso. A él le pertenecían las alcobas vacías de amor, las cornisas de cagadas de paloma y polvo en el aire. Se levantó de la sala y dejó el premio para otro. Sabía que si escribía cualquier cosa ganaría, pero realmente no quería ganar, así que le dejaría el “honor” a otro.

Una vez despierto, y tras haberlo escrito, pensó que no era para tanto. Quizá habría mejores sueños que escribir. Bajó de nuevo la persiana, cuidadosamente, para no tocar la cornisa manchada, y se metió en la cama.

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